El beso de un ciervo

Ilustración de Fátima Collado

A Fátima Collado la adoro, así, hasta con la cursilería de la palabra. Es una persona auténtica a quien le mueve un corazón de oro; por nada del mundo me gustaría que disgustos variados la hagan cambiar. Jaja, aunque sé, Fati, que no, que ni de coña cambias. Fátima es pintadora de mundos, idealista, directa y cabezota . Especialista en olas, también. E ilusionista; sí, porque mi niña nunca pierde la ilusión ni en horas bajas.

Mikel es su hijo, su colega en la vida, luz del mundo y alegría de vivir. Y por él “se pintan palabras, historias y lo que haga falta”. Y en ese lo que haga falta entran algunos de mis cuentitos o relatos.

El beso de un ciervo es un cuento que tiene sus añitos ya. Se ha publicado en algunas revistas e incluso en un libro con otros autores, editado por la Dirección General de Tráfico, que quizás vea pronto la luz. Pero este ciervo y su beso cálido cobra ahora nueva fuerza con las ilustraciones de Fati.

Y a ti, Fátima, compañera y amiga, te lo dedico con todo mi cariño. Que ya sabes, te adoro.

EL BESO DE UN CIERVO

−¡Marta! –grité aturdido por las vueltas de campana y los golpes de la maldita cornamenta contra la carrocería del coche. Me dolía todo, como si me hubieran pisoteado miles de pezuñas. Al llevarme una mano a la cara, noté la viscosidad de la sangre; apenas podía abrir el ojo izquierdo−. ¡Marta, por favor, contéstame! −volví a llamar a mi mujer, e intenté levantarme.

Las imágenes del accidente acudieron a mi memoria. Un ciervo había cruzado la carretera en el momento en el que intentaba besar a Marta. Ella perdió el control del coche al intentar esquivarlos.

 A la luz de la luna creciente veía ahora el Audi a unos veinte metros de distancia. Parecía una cucaracha aplastada panza arriba. Una punzada me recorrió el espinazo. El frío era intenso. Vi asomarse el hueso por la herida abierta en el tobillo y un sabor acre en la garganta me hizo toser. Cuando a duras penas logré incorporarme, un viento ligero me agitó los faldones de la camisa que se habían salido de los vaqueros. A lo lejos ululó un búho, o quizás era un bramido. Me sentí desesperado y solo en la noche amontonada de miedos.

Todo había sido muy rápido y atroz por la brevedad con la que cambian las cosas. Caímos por un barranco entre zarandeos, perplejos. Después, me hundí en la bruma con una sensación terrible de beso inconcluso. Peor aún, de abandono.

¿Por qué no me contestaba Marta? Hacía poco la tenía a mi lado, ¿y ahora? Esa noche llevaba el pelo recogido, como a mí me gustaba, se había pintado los párpados, le sentaba muy bien el vestido verde, olía a té, a frescura. A Marta le gustaba correr descalza bajo la lluvia, era locuaz, impetuosa, ¿por qué no aparecía de una vez? El dolor era insoportable. “Marta”, sollocé entre vómitos y me arrastré hacia el vehículo sin dejar de escuchar un sonido de pezuñas a mi alrededor. El suelo, un lecho de matojos y de espinos, retumbaba como el pellejo de un tambor. Algo se me clavó en el pie. Debía de haber perdido el zapato al salir despedido. Reconocí el olor a romero a mi alrededor. Entonces me eché a reír. Era una carcajada nerviosa y algo siniestra. Esa noche habíamos tomado en el restaurante la especialidad de la casa: venado con patatas al romero. El ciervo era uno de los platos preferidos de mi mujer, así que lo pedimos los dos. Ella casi no probó el vino, yo tuve que encargar una segunda botella después de escucharla. Me sentía incapaz de discutir. ¿Para qué? Jamás había conseguido en nuestra vida en común que Marta diera marcha atrás. Tenía la terquedad de una mala hierba.

−Conduciré yo, cariño. Tú estás demasiado borracho –me había dicho, sin reproche, cuando nos levantamos tras pagar la cuenta.

Notaba la pierna dormida y cada vez me costaba más avanzar hacia el Audi. ¡Mierda! Si no hubiera bebido tanto, habría llevado el coche yo, pensé de repente con la garganta seca; me moría de sed. Seguramente habría podido esquivar a ese ciervo, ahora seguiríamos nuestro camino hacia casa, y quizás, sí, quizás, podría hasta haber rozado una vez más el cuerpo de Marta, insistir para volver a intentarlo. ¿Cuándo fue la última vez que la tuve entre mis brazos? Sí, justo la noche antes de que, por venganza, atropellara y matara con decisión a uno de sus queridos gatos. Ella ni siquiera sospechaba que yo era el culpable. ¿Cómo confesárselo? Fue el impulso del odio, una pataleta... Además, yo a ella ya la había perdonado.

Por fin conseguí llegar hasta el coche. Allí estaba Marta atrapada entre un amasijo de chapa y cuero en lo que antes había sido el asiento del conductor. Tenía los ojos abiertos, el pelo le colgaba en jirones sobre el rostro y un hilillo carmesí fluía por la comisura de los labios. Aún respiraba levemente. La besé; ya no podía impedírmelo. Me estremecí al notar la morbidez de su boca, pero, para mi sorpresa, me invadió cierto bienestar.


Encontrarla hizo que me sintiera mejor. La cabeza me dolía menos, la notaba más ligera, hasta el punto de llenarla con recuerdos somnolientos. ¿Qué nos había pasado a Marta y a mí? Es difícil percatarse de cuándo empieza el desprecio a sobreponerse al amor. Mi trabajo de ingeniero en la empresa de placas para energía solar me ausentaba largas temporadas de casa. Marta tenía siempre mucho que hacer en el albergue de perros y de gatos. Era veterinaria y madre de todos esos animales, a los que cuidaba con un cariño que a mí estaba empezando a desquiciarme. A todos intentaba buscarles un hogar, empezó a volar con más frecuencia a destinos europeos. No era su trabajo o su obsesión lo que me molestaba. Lo terrible fue que el primer viaje tuvo lugar quince días después del aborto.

Temblé como un pájaro que estrena sus alas al recordarlo. Me sobrevino una arcada y vomité sobre el cuerpo de Marta. En medio del dolor y la locura me alegré de que ya no volvería a repetirme que no me amaba, que era, ¿cómo me definió?, ah sí, un insensible. Maldije con la voz quebrada seguir queriéndola a pesar de todo, haberle incluso perdonado que un día, durante el desayuno, me soltara tan fresca:

−No pienso tener este hijo, Carlos. Creo que no estoy preparada para ser madre. Lo siento, más adelante tal vez. No me mires así, Carlos. Ya he tomado una decisión –mordisqueaba una fresa, con los labios teñidos de rojo.

−También es mi hijo –contesté furioso.

−¡Qué dices! –abrió mucho la boca; pude ver en su interior los trocitos machacados de la fresa−, si sólo estoy de cinco semanas, eso no es ni hijo ni nada. Bueno, es mejor así...

−Por favor, no lo hagas –supliqué. Ella acarició con mimo a su gato subido en su regazo. Odié al gato. Pensé en destrozarlo de la misma manera que ella pretendía triturar a nuestro hijo.

“¿Por qué lo hiciste, Marta? Desmadejada entre el volante y los restos del asiento, sus ojos ya no eran felinos, sólo reflejaban oscuridad. Le tomé la mano; todavía estaba tibia. Limpié con cuidado el vómito que la manchaba. A mí me hervía la pierna, el ojo izquierdo lo tenía definitivamente cerrado, me sentía exhausto y malherido, al lado de mi mujer ya muerta. Me sobrevino un ataque de tos. Con la respiración entrecortada, solté la mano de Marta, que cayó como un trapo sobre el cambio de marchas. La alianza brilló sobre el hueso rígido.

Ya no importaba que esa noche me hubiera pedido el divorcio.

Mi sed se hizo más intensa, comenzaron de nuevo los zumbidos, como un temblor tenue que me sacudió el cuerpo. El dolor se agudizó. Después escuché el sonido de pezuñas golpeando la tierra. Me volví para contemplar la explanada iluminada por la luna. Un grupo de ciervos se acercaba. Había dos machos. Pude distinguir las cornamentas. Se pararon a unos pocos metros de distancia. Mordisqueaban alzando las testas con frecuencia. De pronto un cervatillo me miró. Mantuvimos la vista fija uno en el otro. Me costaba tomar aire, hacer trabajar a los pulmones. El animal se movió inquieto. Su cola se agitaba nerviosa. Yo no dejé de contemplarlo mientras me acercaba a él. También el cervatillo inició un trote brioso en mi dirección. No sé exactemente cuándo caí al suelo. Al momento noté la humedad de un hocico sobre mi ojo herido.

Fue un beso sincero y tan intenso como mis deseos de volver a respirar.

6 comentarios:

Cuca

Me he estremecido al leer esta historia... Anabel la verdad no dejas de sorprenderme...

Sandra G. Rubio

Anabel tienes tanto talento... apenas sé de ti, hace poco que visito vuestro extraordinario blog, pero la calidez humana que desprenden tys escritos me confirma la sospecha de que Eric es un niño sensacional y tiene a la mejor madre del mundo.

Ethan y su mamá

Aldabra

Es muy buena... ¡que historia tan concentrada!... tremendo el accidente pero tampoco se queda atrás todo el tormento que hay detrás, justo hasta ese momento en que la vida de los personajes toma otro rumbo... bueno, para Marta, es la muerte la que toma su rumbo.

biquiños,

anabel

ains, Cuca, me encantaría volver a sacar tiempo para escribir literatura... pero me es imposible. Así que a seguir escribiendo cuentitos para mi peke, que es mi mayor fan, jajaja.
Besotes :)

anabel

Mil gracias, Sandra :) qué te voy a decir yo, que soy su mami: Erik es un niño maravilloso y soy la persona más feliz del mundo con él.
Besotes :)

anabel

Aldabra, gracias por ser siempre tan cariñosa en tus comentarios. Va un besazo enorme :)

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