Adiós a los pájaros

Fotografía de Josep Vilaplana

 
ADIÓS A LOS PÁJAROS
–Mamá, mamá, un pájaro muy grande se está llevando a nuestro pez del estanque. Mira, corre, que se va... –exclamó Jan, mi hijo de seis años, sin dejar de observar por la ventana que daba a la parte trasera del jardín.  Solté la cuchara de palo con la que estaba a punto de servir la comida y me acerqué hasta él. Todavía tuve tiempo de divisar cómo una garza gris se elevaba. Por su pico asomaba una cola que aún se movía. 
“Mierda”, pensé, “nuestra carpa Koi”. Aún no le habíamos puesto un nombre. Jan no terminaba de decidirse entre “Momo” y “Nemo”. Por eso me sorprendió escucharle decir:
–Pobrecita “Nemomo”, mamá –se giró hacia mí con los ojos azules muy abiertos–. Se la va a comer, ¿verdad? Papá se enfadará cuando vuelva. No la hemos cuidado...
Abracé a mi hijo que empezaba a hipar. Después le pasé  con dulzura la mano por el pelo antes de añadir:
–Pues yo creo que “Nemomo se va a salvar. ¿No has visto cómo movía la colita?
Jan se revolvió inquieto. Una sonrisa tímida le asomaba, aunque no las tenía todas consigo:
–Sí, mamá, la movía mucho, pero...
–Claro, mi amor, porque está haciendo fuerza para salir. Pero tiene que esperar un poco antes de soltarse...
–¿Por qué, mamá? –Jan tenía la cara iluminada de esperanza.
–Porque los peces necesitan agua para vivir. Se tirará en cuanto esté segura de que caerá en un estanque.
–O en el lago, mamá. Yo creo que se echará al lago. Allí hay muchos peces y patos, tendrá más amigos...
–Tienes razón, Jan. En el lago, claro, ¿cómo no se me había ocurrido?
Un olor a arroz socarrado invadió la cocina. Había olvidado apagar la vitrocerámica con las prisas. Me incorporé de un salto. Arrugué la nariz al retirar la cazuela del fuego. El desastre podía haber sido mucho mayor.
–Y cuando venga papá, pues le diré que vayamos al lago para buscarla. Igual tenemos suerte –continuaba Jan ya lanzado.
Hice un esfuerzo por contener las lágrimas. La carpa, un ejemplar de lomo como la bandera de Japón, había sido un regalo de mi marido el día de su marcha. Necesitaba un tiempo para pensar qué iba a hacer, me dijo. Se había despedido de Jan como si no pasara nada entre nosotros.
El teléfono interrumpió el postre y mis pensamientos.
–¿Era papá? –preguntó Jan con la boca llena de plátano cuando regresé después de colgar.
–No, cariño. –Di vueltas una y otra vez a la cucharilla dentro de la taza de café–. Un amigo de mamá está malito. Voy a tener que salir. Te llevo donde Nicole, ¿te parece?
–¡Vale!, ¿y podré tomar helado?
–Sí –contesté sin pensar. Mi cabeza era un torbellino. Acababan de comunicarme que León se había caído de un árbol al intentar devolver al nido a una cría de garza. Estaba muy grave. En coma.
Quería gritar, salir corriendo hacia el hospital sin perder ni un instante. No podía ser, no, León no. “Hay muy pocas esperanzas, Cristina”, me había dicho Eva, su hermana, por el teléfono. Las dos colaborábamos juntas en NABU, una asociación de defensa de la naturaleza. León era el jefe de nuestro grupo. Un ornitólogo urbano, con cuerpo aflamencado y una cicatriz en el glúteo a consecuencia del picotazo de un águila acuática. Cómo me gustaba acariciar esa cicatriz, besarla despacio, con golpecitos rítmicos de los labios para terminar lamiéndola con placer. “Para, para, Cristina”, me decía entonces él, con el cuerpo enredado sobre el mío, mientras gemía y me daba la vuelta para recorrerme a su vez. Si me pellizcaba un pezón, entonces le pedía más, que me mordiera, que resbalara sus dedos por mi clítoris, ya húmeda por el deseo acuciante de que me penetrara. Podría tirarme la vida entera con sus muslos apretándome la espalda mientras lo sentía dentro de mí. Pero al final teníamos que ducharnos deprisa. Nos vestíamos después en silencio, para regresar cada uno por separado a sus respectivos hogares. Un día me llevé la funda de la almohada del hotel impregnada con su sudor y mi cobardía. La lavé en mi casa con furia, hasta que me sangraron los nudillos de tanto restregarla. Después tiré la tela rota al contenedor de la basura. En la parte de arriba dormían tranquilos mi marido y mi hijo.
¿Cómo podía engañarlos así?, pensé mientras empacaba un par de cosas de Jan por si tenía que pasar la noche en casa de Nicole. Los platos con los restos de comida quedaron de cualquier manera sobre la mesa. Nos preparamos a toda prisa. Mi hijo estaba excitado por el cambio de planes. Yo no atinaba con los botones de su chaqueta. También me costó recogerme la melena en una coleta. Me temblaban las manos, casi no podía disimular mi inquietud.
            –¡Qué guapa estás, mamá! –me dijo Jan con una sonrisa. Tenía un hoyuelo en la barbilla, en el mismo lugar que su padre. Su pelo era más rubio bajo el sol de abril.
Era el primer día luminoso después de un par de semanas de tormentas. Las fuertes granizadas y el viento habían destrozado algunos nidos en plena época de cría. La garza gris era una especie protegida.  Y, gracias a los esfuerzos de personas como León, la población había aumentado en Hamburgo. “Él no puede morir por culpa de un puto polluelo caído”, pensé mientras conducía camino del hospital. Había llamado con el móvil a Eva en cuanto dejé a Jan al cuidado de Nicole.
–No hay ningún cambio, Cristina. Está en vigilancia intensiva,  no te dejarán verlo...
–Pienso entrar –dije con tono histérico.
La emisora de radio del coche saltó para informar sobre el tráfico. La apagué de un manotazo. Al otro lado de la línea, Eva insistía:
–Es mejor que no vengas. Aquí están su mujer y las niñas.
–No me importa –insistí.
–Bueno, vamos a ver. Contrólate un poco, e intenta no montar un número.
–Tienes razón, Eva, pero necesito estar ahí. Échame una mano, anda, tengo que ver a tu hermano.
–Haré lo que pueda, pero cálmate. Ahora tengo que colgar.
Eva era la única persona que estaba al tanto de nuestros devaneos. Nos conocimos en el curso de recuperación postparto. Y, desde entonces, nos hicimos inseparables. Fue ella la que me habló de NABU, la que insistió en que me apuntara al grupo. Era una buena amiga. Y, además, no aguantaba a la esnob de su cuñada.
Revolví en la guantera hasta encontrar el paquete de tabaco. A mi marido no le gustaba que fumase. León también insistía para que lo dejara. El sabor áspero del Marlboro me relajó unos segundos. Paré ante el semáforo de un cruce. Una corriente amarilla de narcisos se prolongaba a lo largo de la cuneta. La carretera por la que conducía atravesaba un espacio natural. Muy cerca de donde me hallaba había estado trabajando con el grupo hacía poco más de un mes. Habíamos acudido a echar una mano a los de anfibios. Levantábamos una cerca de red para impedir que los sapos que despertaban del invierno fueran atropellados al cruzar la calzada que les separaba del lago a donde se dirigían para reproducirse. Recordé que hacia un tiempo de perros. Con el pelo largo aplastado por la lluvia y el impermeable empapado, León me alcanzaba la pala para que excavara.
–Un poco más, Cristina. El hoyo tiene que ser lo suficientemente grande para que quepa el cubo –me había dicho sonriendo ante mis pocas ganas de seguir trabajando bajo el aguacero. Pero continué. Pensábamos irnos juntos a un hotel al terminar.
¿Cuántas veces nos habíamos amado en hoteles León y yo? ¿Veinticinco, quizás  treinta? Pero no era sólo sexo, qué va. Con él se podía hablar, podía contarle mis inquietudes, las ganas que tenía de retomar mi profesión. En cambio, para Hauke, mi marido, las cosas estaban bien mientras bailase al son de su flauta. “Para qué vas a trabajar, Cristina, si lo tienes todo”, me comentaba con frecuencia. Debía de sentirse muy considerado  por “permitirme” entretenerme con mis colaboraciones para NABU.
El pitido de un coche me avisó de que el semáforo había cambiado. Me sobresalté. Los recuerdos danzaban en mi cabeza descompasados.  Abrí la ventanilla porque el olor a tabaco me resultaba insoportable. Al aspirar el aroma verde e invisible de la naturaleza, rompí a llorar.  “Zieh–zi–zi”, escuché. Reconocí al momento al herrerillo azul. Un mirlo voló peligrosamente cerca del parabrisas de mi coche. Encima de una rama de roble se posó un azor. Y pensé en los carboneros, en los trepadores, en el verderón o el mosquitero. A todos les podía poner nombre. Gracias a León. También aprendí con él que las garzas miden 91 centímetros de largo y 170 de envergadura, que con frecuencia se agrupan en colonias, que sus patas y picos se tiñen de naranja en la primavera, que pueden pesar hasta poco más de los dos kilos  o que anidan en lo alto de los árboles. Esos bichos desgarbados empollan entre cuatro y cinco huevos. A los veintiséis días nacen las crías, felices en su nido, pero un día se caen, porque graniza, o por el viento, o porque son unas patosas, y ahí tiene que estar León, sí, esperando, para recogerlas y subirlas al nido, sin importarle la altura, ni el peligro, porque él es así, bravo, decidido, deja a tu marido, Cristina, vayámonos a vivir juntos, sigue trepando, con el polluelo tembloroso, no puedo, León, mi hijo no lo soportaría, más arriba, ya casi llega, lo acabará entendiendo, no, no podrá, resbala, yo no puedo, está cayendo, no puedo entenderlo, no quiero entender que estás ahí, en el hospital, en coma, que...
Casi me salí de la carretera por abalanzarme a coger el móvil.
–Sí, díme –dije.
–Hola, Cristina.
Me sorprendió escuchar la voz de Hauke, mi marido. No me había fijado quién llamaba. Mi mente estaba cegada.
–¡Ah!, eres tú… Me pillas en un mal momento, voy conduciendo y…
–Lo entiendo, cariño. Sólo quería decirte que te quiero, que deberíamos darnos una nueva oportunidad. Mañana vuelvo a casa. Hablamos luego.
–Está bien. Pero tienes que saber….
La comunicación se cortó. “Mierda”, me dije. Ya faltaba muy poco para llegar al hospital Heidberg donde estaba ingresado León.
Entré como una azogue después de haber aparcado el coche en un paso de peatones. Ni siquiera advertí la mezcla de los olores de hospital, ni las voces de las personas que se encontraban en el vestíbulo de recepción. Mi objetivo era encontrar la señal que me indicara dónde estaba la UVI. Pero sí noté la mano que alguien colocó encima de mi hombro derecho. Me volví. Allí estaba Eva con los ojos acuosos y la mirada más apagada del mundo.
–¿Ha muerto? –pregunté haciendo acopio de valor.
–Sí.
Nos abrazamos y lloramos en silencio.
–Ya se lo han llevado para prepararlo, Cristina.
Asentí. Me temblaban las piernas.
–No me atreví a decírtelo por teléfono, estabas conduciendo y...
Le puso un dedo sobre la boca para que callara.
–Entiendo, Eva. Yo... bueno, creo que debo marcharme...
–Sí, será lo mejor... Te llamaré y...
Me fui resbalando lentamente, la voz de Eva flotaba. Me agarró cuando estaba a punto de caer. Me preguntó:
–¿Estás bien?
–Sí, necesito tomar un poco de aire.
Di un paseo por los jardines del hospital. Los rododendros florecerían pronto. Olía a comida grasa y a furia contenida. Al rato me monté en el coche. Conduje enmudeciendo mis pensamientos. Antes de pasar a recoger a Jan, sentí el impulso de acercarme hasta el lago próximo a nuestra casa.  No había nadie. Sólo el silencio roto por el trino de los pájaros. Me aproximé a la orilla. Unas burbujas rompieron la superficie quieta. Algo se movía allí formando una sonrisa en el agua. ¿”Nemomo”? Entonces supe que algún día mi hijo acabaría por entenderlo, iba a dejar a mi marido.
Adiós a los pájaros de mi cabeza.

 PD.  Feliz verano para todos.
 

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