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| Con Lara "la niña bonita", Alex y sus papás Francis y Francisco |
Sumar y no dividir es algo que tengo grabado. Por eso le dedico este cuento primero a Manuel Rincón. Añado, sin embargo, con el mismo cariño a Francis García y a Francisco Arjona, papás de Lara y de Alex, en la dedicatoria. Porque la foto que ilustra a esta entrada refleja lo que a mí me hace feliz cada día: los momentos que compartimos con nuestros niños, sean los nuestros o los de las personas a las que queremos.Es mucho lo que los padres de niños con autismo vivimos día a día. El autismo no le pone las cosas fáciles a nadie, pero viendo el esfuerzo diario de nuestros hijos y sus ganas de seguir adelante se renuevan nuestras fuerzas con una intensidad apabullante. He recordado este cuento que comparto hoy de una forma metafórica. Sí, los bichos, ésos que se cruzan en nuestro camino hacia la inclusión de las personitas a las que más queremos. Bichos que son reales, que pican y muerden para atenuar nuestras fuerzas. Los hay que se ven venir, y los hay también inesperados. Compañeros, en este viaje nuestro donde nuestros hijos son lo más importante seamos UNO. Habrá derrotas, pero la victoria será la de nuestros hijos y la nuestra si nos mantenemos unidos.Quizás no me he expresado bien. Lo siento si es así. Os dejo con el cuento, que quizás tampoco sea tan metafórico como yo lo veo. Quiero decir que lo que creamos sea una derrota seamos capaces de convertirlo en victoria.
COMPAÑEROS
Era verduzco, pequeño y repelente. Y encima, el
muy bicho, no se conformó con picarme, sino que se quedó adherido a mi tobillo
con una voluntad desproporcional a su tamaño. ¿Cómo se me había ocurrido
ponerme bermudas? Perdí el equilibrio al intentar arrancármelo mientras no
paraba de enredarme entre lianas. Caí de bruces. Enseguida noté otra mordedura
mucho peor, esta vez en el brazo. Al volverme con un juramento vi a la coral.
Grité de horror como una posesa. Unos guacamayos me hicieron coro. Era tanta mi furia que me puse de pie de un
salto. De un tirón arranqué la cámara de fotos que me colgaba en bandolera. Y
estrellé con todas mis fuerzas la canon
con su pesado teleobjetivo sobre la cabeza de la serpiente, que dio unas
cuantas coletadas antes de quedarse quieta.
Me
quité la cazadora –me la había comprado en coronel
Tapioca a juego con las bermudas– para poder verme el brazo derecho. Había dos gotitas de
sangre. Un torniquete, eso es, tranquila, Mónica, hazte un torniquete como
leíste en la guía de primeros auxilios, me
dije medio paralizada por el miedo y el dolor. Solté el pañuelo que llevaba al
cuello con la mano izquierda; la derecha ya no la podía mover. Me lo ligué por
encima del codo.
–¡Maldito
bicho! –grité con la boca seca mientras pisoteaba la serpiente muerta. Paré en
cuanto me di cuenta de que con cada salto el dolor se iba extendiendo. Tenía
una sed terrible y unas ganas tremendas de llorar.
Subí
a trompicones el sendero mientras me
alejaba de la cascada que, en un arranque de estupidez, había ido a fotografiar
bien temprano, sola, dejando a Bernardo, mi marido, durmiendo plácido en la
cabaña. Idiota, quise gritarme, pero mi voz se quebró. Bernardo, intenté exclamar, pero
ningún sonido salió por mi garganta seca. Tiritando llegué hasta la puerta, la
empujé a duras penas. El esfuerzo hercúleo fue en vano. Mi marido no estaba
allí.
La situación se estaba
poniendo fea de veras. El brazo estaba lívido y atufaba a gangrena. De repente
recordé algo que había leído en la guía sobre Costa Rica: ¡evitar el uso de
torniquetes! Me arranqué el pañuelo a mordiscos, lo que me provocó arcadas.
Vomité sin parar de llorar. Me ardía el cuerpo y sudaba tan copioso que apenas
podía mantener los ojos abiertos. Pero, a pesar de la ceguera acuosa, pude ver
el Nissan Patrol. No quería morir,
tenía que buscar ayuda como fuera. Necesitaba un antídoto, ¿no?, pues tendría
que conducir hasta el siguiente pueblo. No había tiempo que perder. ¡Dios mío,
las llaves! Por favor, por favor.
Estaban puestas. Arranqué. Di cuatro
volantazos para sortear los baches y me metí en el camino encajonado entre
árboles. Apenas se colaba la luz entre tanta frondosidad. El silencio era
sepulcral. ¿Dónde se habían metido los
monos o las lapas rojas? ¿Por qué se callaba el bosque lluvioso? Enseguida tuve
que dejar de conducir. Tenía las manos dormidas, el brazo derecho pesaba como
un bloque de hormigón armado. Puse punto muerto y dejé que el coche se
deslizara cuesta abajo. Me sentía igual que dentro de un ataúd. Pero me animó
pensar que el pueblo estaba a tan sólo dos kilómetros.
Empezó a diluviar y la
frescura se coló en el vehículo. Abrí la
puertezuela para dejarme caer al exterior, mientras el Nissan seguía su marcha. La lluvia empezó a reanimar mi cuerpo.
Paré de sudar, la sensación de vómito se alejaba. Y la sed empecé a calmarla
sorbiendo por la boca abierta cuantas gotas podía. La opresión del pecho se
disipaba. Hasta ya podía ver mejor.
–Es Bernardo, sí, Bernardo
viene hacia mí –pensé en voz alta.
Acababa de divisar su figura
desgarbada. Debía de venir del pueblo, pues cargaba un par de bolsas. Habrá comprado algo para el desayun,
pensé. Que se dé prisa, por favor, ¿es que no
me ve? Debe de impedírselo la lluvia, o quizás el coche me tapa, bueno, eso es,
jobar, qué frío...
La
vista se me volvió a nublar, Bernardo había desaparecido. Me costaba respirar.
Dirigí mi atención a las piernas para ver si podía moverlas. Ya no las
sentía. Vaya, si todavía estás aquí,
compañero, pensé agradecida.
El bicho verduzco que seguía
adherido a mi tobillo ya no me pareció tan repelente. Y sentí pena por él
porque pronto moriría.










1 comments:
Un lujo la dedicatoria, y otro lujo más grande compartirla con Francis y Francisco. Me ha encantado el cuento y sus reflexiones sobre los compañeros de viaje. Un besote de los tuyos.
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